Hoy se me acabó el gas.
Y tenía hambre.
Ya sabes… tortilla fría en la bolsa, queso en el refri, el clásico “algo rápido y ya”.
Normalmente la echo al comal.
Pero hoy: microondas.
20 segundos.
Sale tibia.
La ves y dices “va, se puede”.
Pero cuando la doblas…
crack.
Se parte.
Se seca.
Y se convierte en una especie de cartón comestible.
Mientras masticaba ese cartón triste, YouTube seguía corriendo solo…
Y sonó una canción hecha con IA.
Afinada.
Limpia.
“Perfecta”.
Pero no me dijo nada.
Y ahí, entre tortilla sin alma y canción sin alma, me cayó el veinte:
Esa rola era como mi tortilla:
suena bien, cumple su función…
pero no tiene ese algo: Alma.
No me malinterpretes.
No soy ese señor que le grita a la nube.
Me encanta la tecnología.
Trabajo con plugins, uso IA para algunas cosas… y sé que en el futuro todo esto se va a alinear con lo humano.
Pero hay algo que la IA todavía no cocina:
El fuego real.
Ese que viene del corazón.
De grabar con hambre.
De cantar con el alma rota.
De mezclar con miedo y másterear con tripa.
La IA puede generar canciones.
El microondas puede calentar tortillas.
Pero ni uno ni otro saben de sazón.
Así que si vas a hacer música, no la hagas “correcta”.
Hazla sabrosa.
Con masa real.
Con historia.
Aunque te salga chueca al principio.
Aunque tengas que volver a grabar.
Aunque desafines tantito.
Yo me encargo del mástering después.
Pero tú…
hazla con fuego.





