Imagina que estás en una sala donde todos hablan al mismo tiempo, todos alzan la voz, y ninguno baja el tono. Todo suena fuerte, intenso, sin pausa. ¿Cuánto tiempo podrías quedarte ahí sin querer salir corriendo?
Bueno, eso le ha pasado a la música.
Durante las últimas décadas, la industria ha estado en una especie de guerra fría del sonido: la llamada guerra del volumen, o como la conocen en el mundo del audio profesional, la guerra del loudness. ¿Y qué es eso? Básicamente, una carrera por sonar más fuerte que el resto. No más claro. No más bonito. Más fuerte. Y sí, suena tan absurdo como parece.
¿Qué es el loudness o volumen percibido?
No hablamos del volumen que subes en tu bocina. Hablamos de la percepción de intensidad sonora. Para lograr que una canción suene más fuerte que otra, muchos productores comenzaron a usar herramientas como compresores y limitadores para que cada parte de la canción suene igual de potente.
¿Resultado? Adiós a la dinámica. Ya no hay momentos suaves ni explosiones reales. Todo es un bloque sonoro sin matices. Como si cada instrumento gritara para llamar tu atención… al mismo tiempo.
El auge del todo fuerte, todo el tiempo
Los noventa y dos mil fueron la cima de esta tendencia. Álbumes como Californication de los Red Hot Chili Peppers se volvieron ejemplos clásicos: producción brutal, sonido plano. Sin aire. Sin profundidad. Todo arriba, todo el tiempo.
Y uno podría pensar: “Bueno, al menos así suena con más energía, ¿no?”. No. Porque cuando todo está al máximo, nada destaca. Como si toda la película fuera una escena de persecución. El cuerpo y el oído se saturan, se fatigan. Y lo peor: la emoción desaparece.
¿Y nuestra salud auditiva?
El oído humano necesita contrastes. Lo plano aburre, cansa y, con el tiempo, puede generar daño. Escuchar música hipercomprimida por horas tiene efectos similares al ruido constante: estrés, agotamiento, pérdida de sensibilidad.
La música debería ser como una buena conversación: a veces se susurra, a veces se ríe, a veces se grita. Pero no todo al mismo volumen. Nunca.
¿Buenas noticias? Hay luz
Plataformas como Spotify, Apple Music y YouTube ahora normalizan el volumen percibido. Da igual si tu canción fue masterizada al límite o con más rango dinámico: se escucha al mismo nivel general que las demás. Esto ha desincentivado la compresión excesiva y muchos productores están volviendo a abrazar la respiración natural de la música.
Es como si nos hubiéramos dado cuenta de que gritar no es sinónimo de sentir más. A veces, lo más suave deja una huella más profunda.
La música que respira, vive
Una canción sin dinámica es como un relato sin pausas, sin clímax, sin suspiros. Y cuando la música no respira, el que se ahoga es el oyente.
Recuperar los contrastes, los silencios, los espacios… no es solo una cuestión de estética: es volver a hacer música que se sienta. Que te hable bajito y luego te sacuda. Que no te aturda, sino que te acompañe.
Porque sí: la música fuerte impresiona. Pero la música con alma… esa se queda.

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